Instituto Suizo de Educación a Distancia El hábito de comer tiene mucho que ver con la contención en el hogar.
Los factores externos que generan problemas.
Enrique Orchanski (*)
Existe hoy una idea muy difundida acerca del aumento en los trastornos de alimentación y sus consecuencias. Sin embargo, parece más exacto afirmar que lo que se ha incrementado en las personas son aquellos factores que condicionan trastornos alimentarios, tales como la ansiedad, la frustración, el aburrimiento, el sedentarismo y la desorganización familiar.
De acuerdo con Jesús Contreras Hernández y colaboradores, determinados comportamientos sociales han modificado las conductas alimentarias. Citan los siguientes:
Procesos de urbanización y de industrialización, con modificación en los tiempos de trabajo y en los ritmos sociales.
Alargamiento del período dedicado al trabajo remunerado y fuera del hogar por parte de las mujeres.
Aumento del volumen de niños escolarizados y de la duración en años de dicha escolarización.
Cambios demográficos que afectan a las estructuras familiares, con reducción de hogares complejos y extensos y aumento de hogares unipersonales y monoparentales.
Industrialización de la alimentación, incluyendo una revolución en el campo de la distribución y comercialización en la industria alimentaria. Esto ha convertido los alimentos de materias primas agrícolas y ganaderas frescas en productos industriales precocidos y congelados.
Cambios en el terreno de las ideas, actitudes y valores, con difusión de nuevas ideas sobre el cuerpo y de nuevos modelos alimentarios.
Anorexia y bulimia.
Trastornos clásicos de alimentación constituyen la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa. La anorexia nerviosa es sufrida por personas que rehúsan mantener el peso corporal en un valor adecuado, tienen exagerado temor a la obesidad, incluso cuando están por debajo de un peso correcto, y tienen una distorsión de la propia imagen corporal, pues se ven gordas aunque no lo estén.
La bulimia nerviosa ocurre en aquellas personas con exagerada preocupación por el peso corporal, quienes tienen episodios recurrentes de atracones (rápido consumo de comida en muy poco tiempo), durante los cuales les resulta imposible dejar de comer. Estos episodios son seguidos por diversas maniobras para expulsar lo ingerido, como vómitos autoinducidos, el uso de drogas diuréticas o laxantes, y dietas estrictas o ayunos.
A estos trastornos clásicos de alimentación se han agregado ahora una serie de trastornos de la conducta alimentaria denominados no específicos, que incluyen alimentación compulsiva, dietas exageradas o basadas en trastornos de salud no verdaderos, la búsqueda de un estado físico inalcanzable y alimentaciones adaptadas a un ritmo de vida desorganizado.
Este último aspecto involucra a muchos niños, que sometidos a exigencias escolares, sociales y a ritmos familiares anómalos han perdido el ritual de establecer las pausas cotidianas para alimentarse. El comer se ha transformado en muchos casos en una mera "carga de combustible", para sostener las actividades impuestas.
Los pediatras saben, sin embargo, que la nutrición es un concepto más amplio, que impacta en la salud integral de un individuo.
La lactancia natural nos enseña que alimentarse no es sólo recibir leche materna. El contacto físico y visual con la madre proporciona al niño una nutrición que trasciende la incorporación de proteínas, grasas e hidratos de carbono. El vínculo que se establece en esta primera relación sienta bases psicofísicas de enorme importancia y en las que podemos encontrar el origen de muchos trastornos alimentarios de difícil resolución posterior.
Asimismo, durante el primer año de vida, la incorporación de comidas requiere de padres o familiares presentes que -además de la papilla- aporten afecto, seguridad y placer durante los momentos de alimentación. De tal modo, esa reunión será celebrada en la familia como momento de encuentro, de pausa, de disfrute y de vínculo enriquecedor.
Para que esta idea se incorpore en la familia es necesario contar con padres sin apuro, satisfechos de su propia identidad física y sin dietas obsesivas, que dispongan de tiempo real para compartir con sus hijos. Todos sentados a la misma mesa, con los ojos puestos en el otro y sintiendo que se alimentan. Cualquiera sea el contenido del plato.
(*) Médico pediatra. Doctor en medicina y cirugía. Docente de la cátedra de Clínica Pediátrica de la Universidad Nacional de Córdoba.